Este cuento aparece en Sopa de Pollo para el Alma de Jack Canfield y Mark Victor Hansen y lo quise trascribir en elblog, para poder compartir con amigos, conocidos…

Por aquel entonces yo participaba en un seminario de fin de semana en el
Deerhurst Lodge, al norte de Toronto. El viernes por la noche, un tornado
arrasó un pueblo llamado Barrie, situado más al norte; mató a docenas de
personas y causó daños por valor de millones de dólares. La noche del
domingo, al regresar a casa, detuve el coche al llegar a Barrie. Desde el arcén
miré en derredor y me enfrenté al desastre. A mi alrededor no veía más que
casas destrozadas y coches volcados.

Esa misma noche, Bob Templeton volvía a casa por la misma carretera. Se
detuvo, como yo, para contemplar el desastre, pero sus pensamientos eran
distintos de los míos. Bob era el vicepresidente de Telemedia Communications,
dueña de una cadena de estaciones de radio en Ontario y Quebec, y pensó que
debía de haber algo que pudiéramos hacer por aquella gente mediante las
estaciones de radio de Telemedia.
La noche siguiente yo estaba trabajando en otro seminario, en Toronto. Bob
Templeton y Bob Johnson, otro vicepresidente de Telemedia, entraron y se
quedaron de pie al fondo de la sala. Ambos compartían la convicción de que
tenía que haber algo que poder hacer por la gente de Barrie. Terminado el
seminario nos fuimos al despacho de Bob, que estaba decidido a poner en
práctica la idea de ayudar a las personas que habían sido víctimas del tornado.
El viernes siguiente, reunió en su despacho a todos los ejecutivos de
Telemedia. En la parte superior de una hoja escribió tres veces el número tres y
se dirigió a sus ejecutivos:
—¿No os gustaría reunir tres millones de dólares, para dentro de tres días,
en no más de tres horas y entregarle ese dinero a la gente de Barrie?
La única respuesta fue el silencio, hasta que finalmente alguien dijo:
—Templeton, estás chinado. No hay manera de hacer lo que propones.
—Un momento —lo detuvo Bob—. Yo no os pregunté si podíamos, ni
siquiera si debíamos. Simplemente, os pregunté si os gustaría.
—Claro que nos gustaría —respondieron todos.

Entonces, Bob trazó una gran T debajo del 333 y a un lado escribió: «¿Por
qué no podemos?». Y al otro: «¿Cómo podemos?».
—Al lado del «¿Por qué no podemos?» sólo pondré una X bien grande. No
vamos a perder el tiempo en pensar por qué no podemos, no tiene valor alguno.
En el otro lado vamos a anotar todas las ideas que se nos vayan ocurriendo
sobre cómo podemos, y no vamos a salir de esta sala hasta que no hayamos
resuelto el problema.
Se produjo un nuevo silencio, hasta que por fin alguien dijo:
—Podríamos hacer un programa de radio de cobertura nacional.
—Excelente idea —aprobó Bob, y la anotó. Antes de que hubiera
terminado, alguien más dijo:
—No podemos hacer un programa de radio que cubra todo Canadá,
porque no tenemos estaciones de radio en todo el país.
La objeción era muy válida, porque Telemedia sólo tenía estaciones en
Ontario y Quebec.
—Pero podemos intentar convencer al resto de emisoras para que
participen en el proyecto —replicó Templeton.
En realidad se trataba de una grave objeción, porque las estaciones de radio
son muy competitivas. Nunca habían colaborado entre ellas, lograr que lo
hicieran sería virtualmente imposible.
De pronto, alguien sugirió:
—Podríamos conseguir que Harvey Kirk y Lloyd Robertson, los nombres
más importantes en el mundo de la radiodifusión canadiense, respaldaran el
proyecto.
A partir de entonces fue absolutamente fantástica la manera en que
empezaron a fluir las ideas.
El martes siguiente ya tenían un acuerdo con cincuenta estaciones de radio,
a lo largo y ancho del país, para emitir el programa. No importaba quién
participara en el proyecto, siempre y cuando el pueblo de Barrie consiguiera el
dinero. Harvey Kirk y Lloyd Robertson auspiciaron el programa ¡y
consiguieron reunir los tres millones de dólares en tres horas en el término de
tres días hábiles!
Ya veis que se puede hacer cualquier cosa si uno se concentra más en cómo
hacerla que en buscar las razones que aparentemente la hacen imposible.
Bob Proctor

Entonces, Bob trazó una gran T debajo del 333 y a un lado escribió: «¿Porqué no podemos?».

Y al otro: «¿Cómo podemos?».

—Al lado del «¿Por qué no podemos?» sólo pondré una X bien grande. Novamos a perder el tiempo en pensar por qué no podemos, no tiene valor alguno.En el otro lado vamos a anotar todas las ideas que se nos vayan ocurriendosobre cómo podemos, y no vamos a salir de esta sala hasta que no hayamosresuelto el problema.

Se produjo un nuevo silencio, hasta que por fin alguien dijo:

—Podríamos hacer un programa de radio de cobertura nacional.

—Excelente idea —aprobó Bob, y la anotó.

Antes de que hubieraterminado, alguien más dijo:

—No podemos hacer un programa de radio que cubra todo Canadá, porque no tenemos estaciones de radio en todo el país.La objeción era muy válida, porque Telemedia sólo tenía estaciones en Ontario y Quebec.

—Pero podemos intentar convencer al resto de emisoras para queparticipen en el proyecto

—replicó Templeton. En realidad se trataba de una grave objeción, porque las estaciones de radioson muy competitivas. Nunca habían colaborado entre ellas, lograr que lo hicieran sería virtualmente imposible.

De pronto, alguien sugirió:

—Podríamos conseguir que Harvey Kirk y Lloyd Robertson, los nombresmás importantes en el mundo de la radiodifusión canadiense, respaldaran el proyecto.

A partir de entonces fue absolutamente fantástica la manera en queempezaron a fluir las ideas. El martes siguiente ya tenían un acuerdo con cincuenta estaciones de radio,a lo largo y ancho del país, para emitir el programa. No importaba quién participara en el proyecto, siempre y cuando el pueblo de Barrie consiguiera eldinero. Harvey Kirk y Lloyd Robertson auspiciaron el programa ¡yconsiguieron reunir los tres millones de dólares en tres horas en el término detres días hábiles!Ya veis que se puede hacer cualquier cosa si uno se concentra más en cómohacerla que en buscar las razones que aparentemente la hacen imposible.

Bob Proctor

Lo que me gusta de este cuento es lo práctico y descriptivo del proceso creativo, centrarnos en lo que nos gusta y centrarnos en lo positivo, lo que nos hace sentir bien.

William Morantes

2 Comentarios para “Cuento del 333”

  • Muy bueno el cuento es cierto que hay que centrarse en lo positivo muchas gracias

  • Para servirte Cristina, y lo mejor de todo es que me parece una metodología excelente para la planificación.

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William Morantes


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